Buenas noches, tesoro
Buenas noches, tesoro. Papá ya está en casa. Con esa frase empezaba cada uno de los recuerdos que tenía de su padre. Y luego las cucarachas, siempre las cucarachas.
Mientras dejaba que el hombre de turno moviera sus caderas, con un ritmo frenético, sobre ella en la habitación de un hotel de mala muerte, no pudo hacer más que mirar al suelo. Una docena de cucarachas habían escapado al efecto mortal del zapato del dueño del lugar, que no tenía presupuesto para llamar a un exterminador. Verlas no hacía sino recuperar aquellas noches en las que su padre llegaba de trabajar, entraba en su habitación y la saludaba, siempre con la misma frase, se le acercaba, despacio, y le acariciaba suavemente la barriga abultada de niña de cinco años que ha merendado demasiado. La mano resbalaba por aquella piel suave, bajando, y era cuando ella miraba hacia otra parte, observando el movimiento de aquellos bichos que andaban ajetreados por el suelo de su habitación.
Se sacó de encima al hombre que yacía adormilado sobre ella, cogió sus cosas, se vistió de mala manera y salió de allí. El viento de la calle le hizo despejarse y pensar con claridad. Cogió su teléfono móvil y tecleó el número de Juan, su amigo psicólogo, al que llamaba siempre después de sus citas con un hombre o cuando tenía problemas.
- Ha vuelto a suceder. Es lo mismo de siempre. Y las cucarachas...
Juan la escuchó pacientemente y la invitó a ir a su casa, aun siendo las cuatro de la madrugada. Para Olga siempre tenía tiempo.
- El recuerdo ha vuelto. He visto las cucarachas y ha vuelto – le decía nerviosa Olga mientras aceptaba, con el rostro pálido, el te que le ofrecía su amigo.
- ¿Estabas con un hombre, verdad? - Era una pregunta para la cual no necesitaba respuesta porque ya la sabía. Olga lo sabía y se quedó callada.
Juan conocía toda la historia porque ella se la había contado cientos de veces, en la época en la que él era su terapeuta. Pero no hacía falta que contara nada, sus ojos siempre abiertos, como en un eterno sobresalto y las ojeras que los rodeaban le hacían ver que algo horrible la estaba consumiendo.
- ¿Qué tal con Jorge? - le preguntó. Jorge fue su compañero en tiempos de la carrera, y ahora el terapeuta de Olga después de que él prefiriera tenerla como amiga antes que como paciente.
- Fue el del lunes.
Juan puso los ojos como platos e iba a empezar a soltar improperios ante la poca profesionalidad de su compañero cuando Olga adivinó sus pensamientos.
- Fui yo – afirmó. Supongo que no tenía muchas opciones después de que lo atara a la silla y frotara las caderas contra su entrepierna- dijo con una sonrisa sardónica- Era bueno, un poquillo lento, pero bueno. Pero ahora ya no hay nada que hacer... - suspiró.
Juan insistió en que Olga pasara esa noche en su casa y ella no pudo más que aceptar. Su buen amigo Juan. En otras circunstancias quizás podrían haber llegado a tener algo...
Su amigo trabajaba por la mañana, así que ella se quedó en la casa, justo en el piso de arriba de la consulta. Para hacer tiempo, preparó la comida y ordenó sus papeles. Hubo una carpeta que llamó su atención. Su nombre escrito en rojo destacaba sobre la carpeta marrón cubierta por una pátina de polvo. Se notaba que hacía un tiempo que nadie la tocaba. No sabía si abrirla, le daba miedo leer lo que hubiera allí dentro. Al fin lo leyó y no pudo más que hacer una mueca de desagrado; no era más que ''un caso típico de''. Un caso típico de niñita desgraciada, de pobre niña que sufrió abusos por parte de un padre que no había podido superar la muerte de su bella mujer. Cerró la carpeta y la lanzó de un manotazo contra el suelo. Enseguida se arrepintió y arregló el estropicio que había causado.
Juan llegó hacia el mediodía y comieron juntos. A Olga hacía rato que le rondaba algo por la cabeza y se lo dijo a Juan.
- Llévame a verlo- Juan tenía la dirección de la casa en la que vivía el causante de todos sus males, ella lo sabía y de tanto en cuando le pinchaba para que se la diera o la llevara allí.
Él sabía que todo aquello no traería más que desgracias y nunca se la daba. Sabía que esta vez ella sería más insistente, así que, para distraerla de esos pensamientos, se la llevó consigo a arreglar unos asuntos de papeleo que tenía pendientes. Pero no la podía vigilar todo el tiempo, así que en un momento de despiste, ella huyó y vagó por la ciudad hasta que se hizo la hora en la que los locales nocturnos abrían sus puertas, bajo rótulos de neón que anunciaban las exquisiteces del lugar.
Entró en un bar indeterminado, se acercó a la barra y pidió una cerveza de trigo. Oscura, como ella; fuerte, amarga, negra. El néctar de los dioses bajaba por su garganta y se aposentaba en su estómago, el alcohol, que circulaba por la sangre hasta el cerebro, empezó a hacerle efecto. No pudo más que relamerse los labios ante tan delicioso sabor y fue a pedir otra cuando se dio cuenta de que ese bar tenía algo raro. No había hombres; decenas de mujeres se agolpaban en el centro de la habitación, hablando, gritando, otras jugaban al billar, algunas se manoseaban. Cogió sus cosas y salió corriendo de allí. No tenía nada en contra de las lesbianas, pero no quería que ninguna mujer salida le sobara los pechos.
Recorrió las estrechas calles que rodeaban la zona de los bares. Se adentró en un local, no sin antes asegurarse que estaba ocupado por rudos hombres con aspecto de camioneros. Nadie de allí se preguntaba sobre los hábitos de los demás, así que nadie se extrañó de que una chica entrara en el bar, pero alguien se había fijado en ella y se acercó, insinuante.
No tenía nada de especial, uno más, como los demás. Como el de ayer o el de hacía tres días. Todos aspiraban a lo mismo, no pensaban más allá de aquella noche y sólo querían una cosa. Ella lo sabía y no les hacía perder el tiempo. Si le apetecía, se los llevaba a la recámara del bar de turno; a veces, al cuarto de contadores de algún bloque cercano. Otras veces, incluso los llevaba a su casa. Pero eso pasaba pocas veces. Hoy tendrían que conformarse con los baños de señoras, el sitio menos concurrido del local.
Nada sorprendente pero tampoco muy malo. Un polvo del montón, sin más. Se sacudió los pantalones, llenos de una sustancia indeterminada que no quiso saber qué era y salió de allí. Esa noche le subió demasiado rápido el alcohol a la cabeza y no se sentía muy bien, así que se fue a su casa, no sin antes llamar a su amigo Juan para decirle que estaba bien.
A la mañana siguiente se levantó resacosa y se tomó una aspirina. No podría tener noches locas entre semana si no fuera porque se había quedado sin trabajo. Tampoco lo echaba mucho de menos, sus compañeros eran personas grises y anodinas, que sólo cumplían con el programa de estudios y se saludaban entre ellos con gestos airados y de autosuficiencia, pensando cada uno que era el mejor en lo suyo. Pero al recordar el motivo por el que le dieron la baja, no pudo contener un escalofrío que le subió por la espalda y le pinchó en la sien por el recuerdo que le traía.
Era la una de la tarde, los alumnos estaban cansados, y yo, aún más. Y la materia que les daba tampoco ayudaba a animar el ambiente. La literatura siempre era pesada para los alumnos y yo tampoco tenía demasiadas ganas de contar la vida y maravillas del señor Góngora y del señor Quevedo, pero me puse a ello, no fuera a ser que algún alumno con ganas de tocarme las narices le contara a sus padres, la élite de la sociedad, que la profesora no les daba bien la materia. Estaba yo soltando el discurso cuando sonó el timbre. Pero, en contra de lo que era normal y natural, nadie se movió de su silla. Hice ver que no me daba cuenta, tampoco debía preocuparme de esos mocosos una vez terminaban las clases, y recogí mis cosas, poniéndolas en el bolso. De repente, oí un ruido entre los libros, miré y vi la cucaracha más grande que había visto en mucho tiempo. No me veía a mí misma, pero noté que estaba empalideciendo, un hormigueo me recorrió las piernas y me subió hasta el estómago. No podía moverme. “Buenas noches, tesoro, papá ya está en casa.” Los niños reían desesperados y algunos le daban golpecillos en la espalda a uno de ellos, que parecía el autor de todo aquello. Perdido el control de mi cuerpo, me abalancé a toda velocidad sobre él. Los niños, ahora asustados, no paraban de gritar. Alguien abrió la puerta, el conserje, que me separó del niño y me llevó a la sala de profesores. Al día siguiente, examen psicológico y la baja firmada.
Quería llamar a Juan, pero sabía que ahora estaría con algún paciente maníaco-depresivo que le estaría contando que odiaba a su madre pero que no podía abandonarla o con algún obseso sexual que no podía evitar dejar la picha quieta cuando veía salir a las niñas con uniforme del colegio pijo de su barrio.
La casa de su amigo estaba encima de la consulta, pero la puerta de acceso no era la misma, así que él no la vio cuando entró en su casa. Registró todos los cajones en busca de algo que pudiera ayudarla a saber dónde vivía su bienamado padre. No sabía qué haría cuando lo viera ni cómo reaccionaría, pero sentía la necesidad imperiosa de verlo, quizás para reprocharle que le hubiera hecho tanto daño, quizás sólo para ver en qué se había convertido su vida después de que la señora de los servicios sociales se llevara a su niñita. No encontraba nada, ni una agenda, ni una lista de teléfonos. Dio un golpe, desesperada, al mueble-bar y algo cayó al suelo. Juan se había dejado el móvil allí. Miró la lista de números. Alba... una antigua novia... Andrés... su hermano... C... F... R... Residencia Padre Olga. Así que ese hombre estaba en una residencia. Tampoco era tan viejo, pensó, unos sesenta y pocos. Pero se fió de la agenda de su amigo y llamó.
Estaba a las afueras de la ciudad. Tuvo que coger el metro, hacer trasbordo dos veces y andar durante unos diez minutos por un camino de tierra para llegar a la residencia. La casa pretendía imitar una de las mansiones de Nueva Orleans, las majestuosas mansiones de First Avenue, pero sólo se quedaba en eso, en una imitación. Siguió el camino de piedra que atravesaba el jardín, lleno de almas viejas y cansadas, con los ojos perdidos hacia el horizonte. Llegó hasta la doble puerta de madera de roble y entró. Aquello no estaba demasiado vigilado; tampoco había riesgo de que alguien escapara de allí, si no era que entre ellos había algún antiguo deportista de los Juegos Paralímpicos que podía ganar a las enfermeras en velocidad, pero el camino de tierra les hubiera impedido avanzar.
Se situó frente al mostrador esperando a que el joven que había tras el cristal colgara el teléfono. Dio su nombre y la dejaron pasar enseguida. Suponía que nadie se había leído el historial del hombre con demasiada atención como para saber qué le había hecho a esa pobre chica.
Estaba en la sala de recreo. Bien, recreo era sólo un nombre; solamente había un televisor, unas cuantas sillas y una mesilla con revistas del corazón del año anterior. No le costó reconocerlo, tenía el mismo aspecto que cuando ella era pequeña, sólo que más arrugas surcaban su rostro, haciéndole parecer un anciano adorable y por ello lo odió aún más.
Se acercó a él, que puso los ojos como platos y hizo un ademán de levantarse para abrazarla. Ella lo rehuyó, entre sorprendida y asustada. No esperaba que tuviera ningún gesto amable con ella. Pero enseguida recapacitó y se alejó, asqueada. No sabía qué hacer delante de él. Lo veía tan desvalido... Pero era el causante de su desgracia, de que hubiera tenido que hacer terapia durante años, de que ahora no tuviera trabajo... Se apretó la sien con las manos, haciendo un esfuerzo por recordar un momento bonito con él, pero sólo le venían a la mente las cucarachas, decenas de cucarachas que andaban por el suelo y la frase, aquella frase que había oído en sueños durante años.
Llevaba un respirador conectado a una máquina de oxígeno. Quizás si se lo quitaba un momento... No podía hacerlo, pero una vez más, su cuerpo no le obedeció; puso su mano sobre la mascarilla y se la apartó. El hombre boqueó sin poder gritar por la falta de aire. Olga cerró los ojos, no podía ver aquello, pero tampoco podía matarlo, era demasiado débil; aquél hombre la había hecho desvalida y no tenía fuerzas para acabar con él. Le puso la máscara de nuevo y se levantó; las piernas le temblaban.
Dio unos pasos hacia la puerta, pero se giró, se acercó de nuevo a aquél hombre y le susurró entre lágrimas:
- Buenas noches, tesoro, papá ya está en casa.



