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Buenas noches, tesoro

domingo, 01 de mayo del 2011 a las 00:24

Buenas noches, tesoro. Papá ya está en casa. Con esa frase empezaba cada uno de los recuerdos que tenía de su padre. Y luego las cucarachas, siempre las cucarachas.

 

Mientras dejaba que el hombre de turno moviera sus caderas, con un ritmo frenético, sobre ella en la habitación de un hotel de mala muerte, no pudo hacer más que mirar al suelo. Una docena de cucarachas habían escapado al efecto mortal del zapato del dueño del lugar, que no tenía presupuesto para llamar a un exterminador. Verlas no hacía sino recuperar aquellas noches en las que su padre llegaba de trabajar, entraba en su habitación y la saludaba, siempre con la misma frase, se le acercaba, despacio, y le acariciaba suavemente la barriga abultada de niña de cinco años que ha merendado demasiado. La mano resbalaba por aquella piel suave, bajando, y era cuando ella miraba hacia otra parte, observando el movimiento de aquellos bichos que andaban ajetreados por el suelo de su habitación.

 

Se sacó de encima al hombre que yacía adormilado sobre ella, cogió sus cosas, se vistió de mala manera y salió de allí. El viento de la calle le hizo despejarse y pensar con claridad. Cogió su teléfono móvil y tecleó el número de Juan, su amigo psicólogo, al que llamaba siempre después de sus citas con un hombre o cuando tenía problemas.

 

- Ha vuelto a suceder. Es lo mismo de siempre. Y las cucarachas...

 

Juan la escuchó pacientemente y la invitó a ir a su casa, aun siendo las cuatro de la madrugada. Para Olga siempre tenía tiempo.

 

- El recuerdo ha vuelto. He visto las cucarachas y ha vuelto – le decía nerviosa Olga mientras aceptaba, con el rostro pálido, el te que le ofrecía su amigo.

 

- ¿Estabas con un hombre, verdad? - Era una pregunta para la cual no necesitaba respuesta porque ya la sabía. Olga lo sabía y se quedó callada.

 

Juan conocía toda la historia porque ella se la había contado cientos de veces, en la época en la que él era su terapeuta. Pero no hacía falta que contara nada, sus ojos siempre abiertos, como en un eterno sobresalto y las ojeras que los rodeaban le hacían ver que algo horrible la estaba consumiendo.

 

 - ¿Qué tal con Jorge? - le preguntó. Jorge fue su compañero en tiempos de la carrera, y ahora el terapeuta de Olga después de que él prefiriera tenerla como amiga antes que como paciente.

 

- Fue el del lunes.

 

Juan puso los ojos como platos e iba a empezar a soltar improperios ante la poca profesionalidad de su compañero cuando Olga adivinó sus pensamientos.

 

- Fui yo – afirmó. Supongo que no tenía muchas opciones después de que lo atara a la silla y frotara las caderas contra su entrepierna- dijo con una sonrisa sardónica- Era bueno, un poquillo lento, pero bueno. Pero ahora ya no hay nada que hacer... - suspiró.

 

 Juan insistió en que Olga pasara esa noche en su casa y ella no pudo más que aceptar. Su buen amigo Juan. En otras circunstancias quizás podrían haber llegado a tener algo...

 

Su amigo trabajaba por la mañana, así que ella se quedó en la casa, justo en el piso de arriba de la consulta. Para hacer tiempo, preparó la comida y ordenó sus papeles. Hubo una carpeta que llamó su atención. Su nombre escrito en rojo destacaba sobre la carpeta marrón cubierta por una pátina de polvo. Se notaba que hacía un tiempo que nadie la tocaba. No sabía si abrirla, le daba miedo leer lo que hubiera allí dentro. Al fin lo leyó y no pudo más que hacer una mueca de desagrado; no era más que ''un caso típico de''. Un caso típico de niñita desgraciada, de pobre niña que sufrió abusos por parte de un padre que no había podido superar la muerte de su bella mujer. Cerró la carpeta y la lanzó de un manotazo contra el suelo. Enseguida se arrepintió y arregló el estropicio que había causado.

 

Juan llegó hacia el mediodía y comieron juntos. A Olga hacía rato que le rondaba algo por la cabeza y se lo dijo a Juan.

 

- Llévame a verlo- Juan tenía la dirección de la casa en la que vivía el causante de todos sus males, ella lo sabía y de tanto en cuando le pinchaba para que se la diera o la llevara allí.

 

Él sabía que todo aquello no traería más que desgracias y nunca se la daba. Sabía que esta vez ella sería más insistente, así que, para distraerla de esos pensamientos, se la llevó consigo a arreglar unos asuntos de papeleo que tenía pendientes. Pero no la podía vigilar todo el tiempo, así que en un momento de despiste, ella huyó y vagó por la ciudad hasta que se hizo la hora en la que los locales nocturnos abrían sus puertas, bajo rótulos de neón que anunciaban las exquisiteces del lugar.

 

Entró en un bar indeterminado, se acercó a la barra y pidió una cerveza de trigo. Oscura, como ella; fuerte, amarga, negra. El néctar de los dioses bajaba por su garganta y se aposentaba en su estómago, el alcohol, que circulaba por la sangre hasta el cerebro, empezó a hacerle efecto. No pudo más que relamerse los labios ante tan delicioso sabor y fue a pedir otra cuando se dio cuenta de que ese bar tenía algo raro. No había hombres; decenas de mujeres se agolpaban en el centro de la habitación, hablando, gritando, otras jugaban al billar, algunas se manoseaban. Cogió sus cosas y salió corriendo de allí. No tenía nada en contra de las lesbianas, pero no quería que ninguna mujer salida le sobara los pechos.

 

Recorrió las estrechas calles que rodeaban la zona de los bares. Se adentró en un local, no sin antes asegurarse que estaba ocupado por rudos hombres con aspecto de camioneros. Nadie de allí se preguntaba sobre los hábitos de los demás, así que nadie se extrañó de que una chica entrara en el bar, pero alguien se había fijado en ella y se acercó, insinuante.

 

No tenía nada de especial, uno más, como los demás. Como el de ayer o el de hacía tres días. Todos aspiraban a lo mismo, no pensaban más allá de aquella noche y sólo querían una cosa. Ella lo sabía y no les hacía perder el tiempo. Si le apetecía, se los llevaba a la recámara del bar de turno; a veces, al cuarto de contadores de algún bloque cercano. Otras veces, incluso los llevaba a su casa. Pero eso pasaba pocas veces. Hoy tendrían que conformarse con los baños de señoras, el sitio menos concurrido del local.

 

Nada sorprendente pero tampoco muy malo. Un polvo del montón, sin más. Se sacudió los pantalones, llenos de una sustancia indeterminada que no quiso saber qué era y salió de allí. Esa noche le subió demasiado rápido el alcohol a la cabeza y no se sentía muy bien, así que se fue a su casa, no sin antes llamar a su amigo Juan para decirle que estaba bien.

 

A la mañana siguiente se levantó resacosa y se tomó una aspirina. No podría tener noches locas entre semana si no fuera porque se había quedado sin trabajo. Tampoco lo echaba mucho de menos, sus compañeros eran personas grises y anodinas, que sólo cumplían con el programa de estudios y se saludaban entre ellos con gestos airados y de autosuficiencia, pensando cada uno que era el mejor en lo suyo. Pero al recordar el motivo por el que le dieron la baja, no pudo contener un escalofrío que le subió por la espalda y le pinchó en la sien por el recuerdo que le traía.

 

Era la una de la tarde, los alumnos estaban cansados, y yo, aún más. Y la materia que les daba tampoco ayudaba a animar el ambiente. La literatura siempre era pesada para los alumnos y yo tampoco tenía demasiadas ganas de contar la vida y maravillas del señor Góngora y del señor Quevedo, pero me puse a ello, no fuera a ser que algún alumno con ganas de tocarme las narices le contara a sus padres, la élite de la sociedad, que la profesora no les daba bien la materia. Estaba yo soltando el discurso cuando sonó el timbre. Pero, en contra de lo que era normal y natural, nadie se movió de su silla. Hice ver que no me daba cuenta, tampoco debía preocuparme de esos mocosos una vez terminaban las clases, y recogí mis cosas, poniéndolas en el bolso. De repente, oí un ruido entre los libros, miré y vi la cucaracha más grande que había visto en mucho tiempo. No me veía a mí misma, pero noté que estaba empalideciendo, un hormigueo me recorrió las piernas y me subió hasta el estómago. No podía moverme. “Buenas noches, tesoro, papá ya está en casa.” Los niños reían desesperados y algunos le daban golpecillos en la espalda a uno de ellos, que parecía el autor de todo aquello. Perdido el control de mi cuerpo, me abalancé a toda velocidad sobre él. Los niños, ahora asustados, no paraban de gritar. Alguien abrió la puerta, el conserje, que me separó del niño y me llevó a la sala de profesores. Al día siguiente, examen psicológico y la baja firmada.

 

Quería llamar a Juan, pero sabía que ahora estaría con algún paciente maníaco-depresivo que le estaría contando que odiaba a su madre pero que no podía abandonarla o con algún obseso sexual que no podía evitar dejar la picha quieta cuando veía salir a las niñas con uniforme del colegio pijo de su barrio.

 

La casa de su amigo estaba encima de la consulta, pero la puerta de acceso no era la misma, así que él no la vio cuando entró en su casa. Registró todos los cajones en busca de algo que pudiera ayudarla a saber dónde vivía su bienamado padre. No sabía qué haría cuando lo viera ni cómo reaccionaría, pero sentía la necesidad imperiosa de verlo, quizás para reprocharle que le hubiera hecho tanto daño, quizás sólo para ver en qué se había convertido su vida después de que la señora de los servicios sociales se llevara a su niñita. No encontraba nada, ni una agenda, ni una lista de teléfonos. Dio un golpe, desesperada, al mueble-bar y algo cayó al suelo. Juan se había dejado el móvil allí. Miró la lista de números. Alba... una antigua novia... Andrés... su hermano... C... F... R... Residencia Padre Olga. Así que ese hombre estaba en una residencia. Tampoco era tan viejo, pensó, unos sesenta y pocos. Pero se fió de la agenda de su amigo y llamó.

 

Estaba a las afueras de la ciudad. Tuvo que coger el metro, hacer trasbordo dos veces y andar durante unos diez minutos por un camino de tierra para llegar a la residencia. La casa pretendía imitar una de las mansiones de Nueva Orleans, las majestuosas mansiones de First Avenue, pero sólo se quedaba en eso, en una imitación. Siguió el camino de piedra que atravesaba el jardín, lleno de almas viejas y cansadas, con los ojos perdidos hacia el horizonte. Llegó hasta la doble puerta de madera de roble y entró. Aquello no estaba demasiado vigilado; tampoco había riesgo de que alguien escapara de allí, si no era que entre ellos había algún antiguo deportista de los Juegos Paralímpicos que podía ganar a las enfermeras en velocidad, pero el camino de tierra les hubiera impedido avanzar.

 

Se situó frente al mostrador esperando a que el joven que había tras el cristal colgara el teléfono. Dio su nombre y la dejaron pasar enseguida. Suponía que nadie se había leído el historial del hombre con demasiada atención como para saber qué le había hecho a esa pobre chica.

 

Estaba en la sala de recreo. Bien, recreo era sólo un nombre; solamente había un televisor, unas cuantas sillas y una mesilla con revistas del corazón del año anterior. No le costó reconocerlo, tenía el mismo aspecto que cuando ella era pequeña, sólo que más arrugas surcaban su rostro, haciéndole parecer un anciano adorable y por ello lo odió aún más.

 

Se acercó a él, que puso los ojos como platos y hizo un ademán de levantarse para abrazarla. Ella lo rehuyó, entre sorprendida y asustada. No esperaba que tuviera ningún gesto amable con ella. Pero enseguida recapacitó y se alejó, asqueada. No sabía qué hacer delante de él. Lo veía tan desvalido... Pero era el causante de su desgracia, de que hubiera tenido que hacer terapia durante años, de que ahora no tuviera trabajo... Se apretó la sien con las manos, haciendo un esfuerzo por recordar un momento bonito con él, pero sólo le venían a la mente las cucarachas, decenas de cucarachas que andaban por el suelo y la frase, aquella frase que había oído en sueños durante años.

 

Llevaba un respirador conectado a una máquina de oxígeno. Quizás si se lo quitaba un momento... No podía hacerlo, pero una vez más, su cuerpo no le obedeció; puso su mano sobre la mascarilla y se la apartó. El hombre boqueó sin poder gritar por la falta de aire. Olga cerró los ojos, no podía ver aquello, pero tampoco podía matarlo, era demasiado débil; aquél hombre la había hecho desvalida y no tenía fuerzas para acabar con él. Le puso la máscara de nuevo y se levantó; las piernas le temblaban.

 

Dio unos pasos hacia la puerta, pero se giró, se acercó de nuevo a aquél hombre y le susurró entre lágrimas:

 

- Buenas noches, tesoro, papá ya está en casa.

Joudy (II)

jueves, 27 de enero del 2011 a las 03:53
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Jovialidad emanaban tus poros,

Utopías creabas en tu mente,

Dinamismo nos regalabas a todos,

Irradiabas felicidad con tus sonrisas,

Torrente de locuras apasionadas...

Haz que brote, de nuevo, todo.

Tiempos extraños

lunes, 01 de noviembre del 2010 a las 23:10
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Tiempos extraños se acercan. Se nota en los rostros, se huele en el aire. Muchachos dispersos con la mirada ausente otean el paisaje en busca de señales de humo. La cadencia de los pasos adormece a los más enérgicos, los ecos lánguidos resuenan por todos los rincones. Las ánimas no guardan un rescoldo de esperanza, una brizna de alegría, una chispa de emoción. Susurros eternos persiguen a los soñadores, vaciándolos por dentro, secándolos por fuera. Los ancianos lo observan todo con detenimiento y sólo pueden mover la cabeza señalando que algo va mal, pero el problema escapa a su control. Tiempos extraños se acercan y no hay alma viva que tenga fuerzas para cambiarlo.

Placeres prohibidos

sábado, 23 de octubre del 2010 a las 12:03

Se atusó el pelo, se pintó la raya del ojo, salió de casa y se alejó conduciendo, siguiendo las señas que le habían dado por teléfono.

Una de las muchas reglas que se había autoimpuesto era que nunca recibiría ningún cliente en su propia casa. Ese trozo de suelo era lo único a lo que podía llamar hogar y no estaba dispuesta a que nadie lo mancillara.

Llegó adonde le habían indicado. Era una zona de la ciudad en la que había estado pocas veces. Zona residencial de casitas adosadas y jardín trasero para recibir a los amigos en la barbacoa de los sábados.

Salió del coche y se observó por última vez en el espejo del retrovisor. Sencilla y limpia, como le gustaba a sus clientes que fuera. Se acercó a una de las muchas casas, avanzó por el suelo empedrado del jardín, subió las escaleritas y tocó el timbre. Se oyeron unos pasos detrás de la puerta, pero pasó un buen rato hasta que abrieron. La recibió una mujer mayor venida a menos pero que se apreciaba que de joven había sido bonita. Hizo un gesto para que la siguiera y la condujo a lo que suponía que era el sótano. No se sorprendió; en sitios más extraños había tenido que trabajar.

Bajó las escaleras. Una mujer joven, de pelo claro y en avanzado estado de gestación, la recibió con los brazos abiertos

 

  • ¡Querida! Te estábamos esperando. Pasa, pasa. ¿Has llegado bien? ¿Has podido aparcar? - la colmó de preguntas sin darle tiempo a responder ninguna.



Observó la estancia. No hacía falta observar detalladamente para darse cuenta de todo lo que allí había. Se habían retirado cajas y electrodomésticos para dejar sitio a los más increíbles y variados juguetes sexuales. Camas con cadenas, vibradores, bolas chinas, disfraces y lubricantes se mezclaban con todo tipos de aparatos de tortura sexual. Aquello parecía un templo del sexo y la mujer encinta se erguía satisfecha como la diosa de todo aquello.

 

 

  • Por cierto, soy Hiltrud – la cogió de la mano y, dejando a un lado unos cuantos huevos masturbadores, otros tantos látigos y un objeto que se parecía sospechosamente a un cinturón de castidad, la condujo hacia una esquina, donde había una cama y, sobre tumbado sobre ella, un hombre que supuso que era su esposo, atado y amordazado, como un lechón en una mesa de nuevos ricos.

 

  • Buenos días, querida. Soy Michel. Le daría la mano, pero ya ve que mi esposa me tiene aquí retenido y no puedo – le hizo un guiño cómplice a su esposa, que sonrió orgullosa.

    Hiltrud se alejó y se sentó en una caja de cartón entre la lavadora y una estantería llena a rebosar de películas pornográficas.

 

  • Venga, muchacha, empieza. Y no te preocupes por mí, que no voy a molestar.

 

No sabía lo que esperaban de ella, así que se quitó la ropa, doblándola con cuidado y se dispuso a empezar con el sencillo misionero. Pero pronto se dio cuenta que no sería ella la que controlaría la situación. La joven madre empezó a darle órdenes muy precisas con gran entusiasmo y ella no pudo más que cumplirlas. Muerde. Y ella mordía. Lame. Y ella lamía. Chupa, estruja, aprieta. Coge este consolador de aquí, no, el de mas allá. Desátalo, pégale. Hiltrud se emocionaba con cada orden que daba y parecía estar cada vez más excitada. El hombre que tenía debajo se retorcía y estremecía de placer al verlo. En un último esfuerzo, la chica lo cabalgó salvajemente, sin pausa, y tanto él como su mujer gritaron a la vez de placer. Michel acabó satisfecho y Hiltrud aún más; la delataba el pequeño charco que empapaba la caja de cartón donde estuvo sentada.

 

  • Muchas gracias, querida. Has hecho un buen trabajo – Hiltrud asintió -. ¿Cómo podemos llamarte? - añadió.

 

No le gustaba desvelar su nombre a los desconocidos; era otra de sus reglas.

 

  • Llámenme... cuando quieran – exclamó, risueña, mientras subía las escaleras del sótano.

 

Y antes de cerrar la puerta, logró entrever cómo marido y mujer se acariciaban mutuamente los lugares más secretos del cuerpo.

Esperó en la puerta; le habían dicho que la portera le daría el dinero por sus servicios. Y así fue. La mujer se acercó arrastrando los pies, le entregó un sobre florido y le abrió la puerta. La chica se lo agradeció y salió de la casa entonando una alegre canción.

________________________

Llegó a su casa, dejó sus cosas por el suelo y se acomodó en el sofá. Aquella había sido una mañana agotadora, con el incansable matrimonio. Sonrió mordazmente. Qué pareja más interesante.

 

Desde el sofá vio una lucecita que parpadeaba. Era el contestador; había dos mensajes. En uno le decían que requerían sus servicios a las cuatro y media, y el otro era de Lina, su compañera de piso y amiga de toda la vida, que extrañamente no estaba en casa. Desde que estaba en el paro, Lina no hacía más que ver la tele y comer bollería. No salía nunca de casa y por eso le extrañó que le dijera que iba a llegar tarde. Se encogió de hombros, pensando que por fin había retomado las riendas de su alocada vida. Tenía menos de una hora para comer. Se desperezó y se levantó para ir a preparar unos fideos instantáneos.


Esta vez no iría en coche; necesitaba ahorrar en gasolina, así que cogió sus cosas, no sin antes hacer un repaso de toda la casa en busca de alguna ventana abierta, y salió para coger el metro.

 

Su cliente vivía en la zona céntrica de la ciudad, así que tardó un rato en llegar, pero había salido con tiempo y había llegado diez minutos antes de la hora. Se esperó un rato y tocó el timbre; dos veces era la señal indicada. Subió por unas escaleras maltrechas y apenas iluminadas por una sucia bombilla sucia llena de insectos. La puerta del piso estaba abierta y nadie la esperaba en el umbral, así que entró con cautela. Una voz de flauta la invitó a entrar a la única habitación que había en la casa.


Emitió un grito ahogado. Nunca antes había visto algo parecido. Una mole con forma humana echada sobre una cama que apenas sostenía su peso, le miraba con ojillos de cordero degollado pero se relamía los labios por la visión de la jovencita que tenía delante. O eso es lo que le pareció, porque apenas se podía distinguir su rostro entre aquel montón de carne que era su cuerpo. El hombre hizo un gesto con la mano para que se acercara. Cuando la tuvo cerca le susurró al oído:

 

  • Tranquila, no te haré pasar un mal trago. Tú sólo chúpamela un rato y yo ya estaré satisfecho -le dijo sin dejar de comer una sustancia indeterminada que no parecía muy comestible.

 

La chica, acostumbrada al vocabulario soez de los hombres deseosos de sexo, no se amilanó. Se dispuso a cumplir los deseos de aquel hombre sin decir una palabra.

Cuando terminó la sesión, el hombre le dio las gracias y le dijo que cogiera de su billetera lo que creyera conveniente. Ella no era una ladrona, así que cogió el dinero que le cobraba a todos sus clientes por el servicio mínimo. Hizo un gesto con la mano y salió por la misma puerta por la que había entrado.

 

Una vez en el exterior se permitió el lujo de pasear por la calle principal de la ciudad, atestada de gente ahora que eran las fiestas del barrio. Las calles estaban repletas de decoración floral. Los puestos ambulantes vendían a la vez bisutería y algodón de azúcar, alzándose las potentes voces de todos los tenderos y llegando a sus oídos como un murmullo agradable. Pensó en Lina. ¿Dónde estaría? La llamó a casa para ver si había llegado. Efectivamente, estaba. Contestó a su interrogatorio arrastrando su voz ronca en eternos monosílabos y antes de colgar le prometió salir el próximo sábado con ella. Pero esta, no creyendo ni una palabra suya fue a buscarla a casa, le cantó las maravillas de la ciudad engalanada y la tironeó del brazo hasta que esta cedió. Lina no pudo más que salir tras la ilusionada muchacha sin decir palabra.

Perver light

domingo, 29 de agosto del 2010 a las 21:52
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El contacto con el mármol del lavamanos me hace estremecerme. Jack tiene prisa, no se espera. Como si fuera a oscuras, va tanteando mi cuerpo, deslizándose su mano suave por mi boca. Entreabriándome los labios lentamente, noto su lengua húmeda y cálida recorriéndome las hileras de dientes. Pero es ansioso y no espera. Baja y se encuentra con mi cuello pálido, dispuesto a ser mordido; soy una víctima ante su depredador. Un poco más abajo... Mis pezones, ahora ya erguidos por la excitación, son lamidos suavemente; pequeños mordisqueos me hacen soltar un pequeño grito de placer.

Jack me coge por la cintura y, aún agarrada a él, me lleva hasta el lavabo más cercano. Me empuja levemente por los hombros y me quedo sentada en la taza. Él se sienta a horcajadas sobre mí, con cuidado, y me pasa la mano por el pelo. Me lo coge y me lo tironea; con la cabeza hacia atrás veo su frente perlada por el sudor. Me incorporo; quiero besarle los párpados pero él no me deja, me mantiene sujeta por el pelo mientras con su mano va recorriendo mi estómago, duro, y va bajando, ahora con más torpeza. Su mano caliente me acaricia, mi respiración aumenta, el corazón me late desbocado, salvaje. Él se agacha y me besa el pubis...

Se oye un chirrido y el sonido de una puerta al abrirse. Jack se incorpora rápidamente, nervioso. Abre ligeramente la puerta y mira hacia ambos lados. Quien estuviera allí no nos había visto aún.

 Suena el timbre que da final a las clases. Intento recordar el horario y eso me excita aún más. A las doce me toca filosofía. Salgo yo primera, para que nadie sospeche, y me dirijo hacia la clase, dejando a Jack sólo en el cuarto de baño de las chicas.

Una pizca de fósforo

jueves, 03 de junio del 2010 a las 18:04

La modestia es para los débiles, pensó.

Si sé que soy una música magnífica, ¿para qué lo voy a negar?

El concierto de hoy había sido sorprendente. La música fluía sola; el aire salía de su boca creando una bella melodía; la flauta parecía una extensión de su cuerpo. La magnífica Stella había vuelto a deleitar al público con su música.

Salió por la parte trasera del teatro; no tenía ganas de responder a preguntas inútiles ni de oír la cháchara de los periodistas.

La puerta lateral daba a una pequeña calle oscura sin salida. Estaba muy segura de ella misma: después del concierto de hoy, se sentía mejor que nunca, así que avanzó decidida por el estrecho callejón, apartando las latas y las bolsas con el pie. Al llegar a un claro de luz se dio cuenta de que la seguían.

''Pesados'' – pensó -. ''¿Dónde está Mike cuando se le necesita?''

Mike era su niñera, el que la protegía, pero últimamente estaba descuidando demasiado sus tareas. ''Estúpido amor'' – ella no tenía estos problemas; no tenía tiempo ni ganas de salir con nadie.

Cada vez oía el ruido de pasos más cercano. Alguien la sujetó de la mano.

  • ¿ A dónde vas, mona? Ven aquí que te eche un vistazo – el que la retenía era un niñato de esos con mil colgantes y las ropas colgando... a eso lo llaman moda ahora.

 

  • ¡Ui, ui, ui! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Qué pivita más guapa!

Estaba empezando a perder la paciencia. Se soltó del brazo del chico y siguió andando. Pero eran insistentes; no sería facil librarse de ellos.

  • A ver, ¿qué queréis? ¿Dinero? Tomad mi cartera. ¿Sexo? Allí al lado hay un local ideal para vosotros. Mirad, incluso os puedo dar mi flauta, pero dejadme en paz, que estoy muy cansada y quiero llegar a mi casa.

  • ¡Mírala, qué chulita! Estas son las que te gustan a ti, Lobo.

Stella no pudo evitar soltar una carcajada.

  • ¿Es que te hace gracia mi nombre? - dijo el supuesto Lobo.

  • Lobo no es un nombre – dijo para sí misma.

  • Chicos – dijo un tercero -, esta zorrita quiere guerra. Vamos a darle lo que quiere.

 

El que había hablado se abalanzó sobre ella haciéndole una llave de judo. Ella tenía unas nociones básicas sobre la lucha cuerpo a cuerpo, pero de esa no podía escapar sin acabar magullada, así que se quedó quieta para recibir el menor daño posible.

Lobo se sentó encima de sus piernas y el otra la cogió por el pelo e hizo que lo mirara a los ojos.

  • ¡Que empiece la fiesta!

 

A continuación todo sucedió muy rápido: vio un brillo plateado delante de sus ojos, notó el frío de un objeto de metal en el cuello y, luego, un calor abrasador empezó a recorrerle el cuerpo desde la yugular.

  • No... por favor... - susurró.

Y se hizo el silencio en el callejón.

 

 

No fue hasta pasado un buen rato que se dio cuenta de que estaba echada sobre un banco. Se levantó con dificultad y se palpó el cuello. Esperaba que todo hubiese sido un sueño. No fue así; tenía una herida abierta en la garganta, pero ya no sangraba. Toda la situación le pareció muy extraña.

 

Se sentó de nuevo en el banco intentando descubrir lo que le había sucedido. Miró a su alrededor y vio que estaba en un bosque de castaños viejos y retorcidos. Nunca se fijaba mucho en el paisaje, lo encontraba una diversión absurda, pero tuvo que reconocer que el lugar era bonito.

 

Mientras pensaba en eso, unos extraños ruidos iban acercándose hacia ella. Notaba que alguien arrastraba los pies sobre las hojas secas, una voz sibilante y un ruido que no logró identificar.

 

Alguien se acercaba y no sabía qué hacer. Sentía que no debía estar allí, pero no recordaba el camino de vuelta, así que se quedó donde estaba.

 

Un grupo muy extraño se presentó delante de ella, pero parecían no verla; estaban discutiendo entre ellos.

 

  • No entiendo porqué debe ser él quien dirija el grupo, cuando estás tu, o incluso... - las palabras graves venían de un personaje oscuro al que no se le veía la cara.

  • ¿No me dirás que eres mejor que Charl? - le dijo con cariño pero con un ligero tono de sorna la mujer que iba a su lado.

 

El hombre oscuro calló, avergonzado.

 

  • Casandraaaa... ¡bip!, no os peleéis por tonteríaaaaaas... ¡bip!

  • Cállate, por favor, cielo. Hoy no me encuentro demasiado bien como para soportar tu 'bip bip' molesto – siguió la mujer con el mismo tono de antes.

  • ¡Es ella, madame! ¡La chica de la flauta! - la voz de esta era incluso más estridente que la de Charl.

  • ¿Paulette? No sabía que hubieras venido con nosotros – dijo Casandra.

 

La verdad es que Stella tampoco se había percatado de su presencia hasta que había hablado. Se fijó que había estado todo el tiempo escondida detrás del hombre llamado Charl. Esta se mantuvo en su posición mientras le lanzaba breves miradas al hombre de negro.

 

  • Pero, niña, ¿aún no te has acostumbrado a ver al Hombre? - recalcó la última palabra.

Paulette no pudo hacer más que esconderse detrás de Charl.

  • Casandraaaaa... ¡bip! La chica de la flautaaaaa... ¡bip!

 

La forma de hablar del hombre, alargando las vocales y repitiendo constantemente ese molesto 'bip' , le hizo sujetarse la cabeza con las dos manos.

Por lo que parecía, Casandra tampoco iba a soportarlo mucho más. Iba a gritarle a Charl que se callara pero, en vez de eso, se giró y miró a Stella directamente a los ojos.

 

  • Mi niña, por fin te hemos encontrado. Llevamos horas buscándote.

  • ¿A mí? - preguntó extrañada Stella.

  • Claro, ¿a quién, si no? - dijo la mujer -. Tenemos que darte un mensaje muy importante... Hombre, díselo.

  • A mí no se me ha transmitido ningún mensaje – miraba dubitativo a Casandra.

  • Charl, dale el mensaje.

  • Casandraaaa... ¡bip! No tengo ningún mensajeee... ¡bip!

 

Casandra miró a Paulette, suplicante.

 

  • Yo no sé nada, pero me pareció oír algo de unas señales...

  • ¡Eso es! ¡Las señales! Sigue las señales, niña – dijo mirándome -. Ellas te llevarán por el buen camino – parecía no saber de lo que hablaba, aun así lo dijo con un tono teatral.

  • Pero... ¿de qué habláis? ¿Qué señales?

 

Pero nadie la escuchaba. El grupo se alejó, ruidoso, tal como había venido.

 

Aquella situación y las voces de los personajes extraños le habían taladrado la cabeza como si fueran agujas. Se echó en el banco para ver si se le pasaba. Cerró los ojos.

 

____________________________________________________________

 

  • No... por favor... - susurró.

 

Y se hizo el silencio en el callejón.

 

Abrió los ojos. Se encontraba en una pequeña estancia iluminada por la luz de una vela. Al fondo, a la derecha, había una mesa donde dos sujetos estaban jugando con un tablero. Se acercó a ellos con discreción y carraspeó levemente. Uno de ellos, el que estaba cerca de la pared, se removió inquieto.

 

  • Vamos, Muerte, no te hagas la despistada... La chica ha llegado.

  • ¿ Me estabais esperando? - preguntó Stella.

  • Evidentemente – respondió secamente la Muerte.

  • Chica, no seas tan maleducada. La niña está asustada... - dijo el otro sujeto, el de la pared.

  • Yo no estoy asust...

  • Hablarás cuando te toque – la interrumpió el mismo -. Estos jóvenes de hoy en día no tienen educación.

  • ¿Ahora quién está siendo maleducado, querido Tiempo? - dijo con sorna la Muerte. Y continuó – Mira que eres aguafiestas... Ahora que estaba a punto de ganar...

  • La chica, Muerte, la chica...

  • Está bien – dijo resignada -. A ver, tu eras Stella, ¿no?

 

Stella se quedó callada.

 

  • Buena chica – el Tiempo sonrió -. Ahora puedes hablar.

  • Sí – respondió decidida.

  • Aquí mi amigo el Tiempo se aburría jugando conmigo al parchís y me pidió que le distrajera. He pensado que quizás querrías ayudarme.

 

Stella guardó silencio de nuevo.

 

  • Responde – exclamó el Tiempo sin dejar de lucir una media sonrisa.

  • ¿Qué debo hacer? - se resignó. Veía que no quedaba otra salida que seguir con el juego.

- Debes volver justo después del concierto y evitar morir. Muy sencillo. Las señales te guiarán – explicó. Y, dirigiéndose al Tiempo - ¿Ya se ha encontrado con Casandra y los suyos? Es que el tema del paso del tiempo no es algo que domine mucho; yo sólo me limito a matar – apuntó.

  • Sí... y no – el Tiempo hablaba con una voz cansada. Parecía que había repetido mil veces -. Ella no lo recuerda, quédate sólo con eso.

  • Bien, bien... Entonces, ¿quieres volver o no?

  • Por supuesto – Stella estaba totalmente convencida.

 

El Tiempo cerró los ojos y, de repente, todo se volvió borroso. Un segundo después estaba en el callejón lateral del teatro. ¿Dónde estaría Mike, ese inútil que le hacía de niñera?

____________________________________________________________

 

Escuchó unos pasos que se acercaban hacia ella.

 

  • ¿ A dónde vas, mona? Ven aquí que te eche un vistazo – el que la retenía era un niñato de esos con mil colgantes y las ropas colgando... a eso lo llaman moda ahora.

 

  • ¡Ui, ui, ui! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Qué pivita más guapa!

 

Estaba empezando a perder la paciencia. Se soltó del brazo del chico y siguió andando. Pero eran insistentes; no sería facil librarse de ellos.

 

  • A ver, ¿qué queréis? ¿Dinero? Tomad mi cartera. ¿Sexo? Allí al lado hay un local ideal para vosotros. Mirad, incluso os puedo dar mi flauta, pero dejadme en paz, que estoy muy cansada y quiero llegar a mi casa.

  • ¡Mírala, qué chulita! Estas son las que te gustan a ti, Lobo.

 

Stella no pudo evitar soltar una carcajada.

 

  • ¿Es que te hace gracia mi nombre? - dijo el supuesto Lobo.

  • Lobo no es un nombre – dijo para sí misma.

  • Chicos – dijo un tercero -, esta zorrita quiere guerra. Vamos a darle lo que quiere.

 

El que había hablado se abalanzó sobre ella haciéndole una llave de judo. Ella tenía unas nociones básicas sobre la lucha cuerpo a cuerpo, pero de esa no podía escapar sin acabar magullada, así que se quedó quieta para recibir el menor daño posible.

 

Lobo se sentó encima de sus piernas y el otra la cogió por el pelo e hizo que lo mirara a los ojos.

 

  • ¡Que empiece la fiesta!

 

A continuación todo sucedió muy rápido: vio un brillo plateado delante de sus ojos, notó el frío de un objeto de metal en el cuello y, luego, un calor abrasador empezó a recorrerle el cuerpo desde la yugular.

 

  • No... por favor... - susurró.

 

Y se hizo el silencio en el callejón.

 

 

En la salita oscura iluminada por una vela se oían dos voces.

 

-Pero... pero... ¿Qué ha pasado? - se lamentaba la Muerte.

 

Estaban viendo todo lo que sucedía en el callejón con un televisor de época.

 

  • Se me olvidó devolverle la memoria... otra vez... - suspiró el Tiempo.

  • Chico, necesitas tomar fósforo. Te iría bien.

  • Te toca tirar – dijo sin darle importancia al asunto.

 

 

 

Abrió los ojos. Estaba echada sobre un banco, en medio de un bosque de castaños. Un grupo de personas la observaba apenado.

 

  • Pobre niña – dijo la mujer con voz sibilante.

  • ¿Dónde estoy? - preguntó Stella.

  • Ven con nosotros, cariño. Te lo contaré por el camino.

 

Stella sentía que debía obedecer. Y lo hizo. Siguió a la mujer que iba acompañada de una gente muy extravagante.

 

Una pizca de fósforo

 

La modestia es para los débiles, pensó.

Si sé que soy una música magnífica, ¿para qué lo voy a negar?

 

El concierto de hoy había sido sorprendente. La música fluía sola; el aire salía de su boca creando una bella melodía; la flauta parecía una extensión de su cuerpo. La magnífica Stella había vuelto a deleitar al público con su música.

 

Salió por la parte trasera del teatro; no tenía ganas de responder a preguntas inútiles ni de oír la cháchara de los periodistas.

 

La puerta lateral daba a una pequeña calle oscura sin salida. Estaba muy segura de ella misma: después del concierto de hoy, se sentía mejor que nunca, así que avanzó decidida por el estrecho callejón, apartando las latas y las bolsas con el pie. Al llegar a un claro de luz se dio cuenta de que la seguían.

 

''Pesados'' – pensó -. ''¿Dónde está Mike cuando se le necesita?''

 

Mike era su niñera, el que la protegía, pero últimamente estaba descuidando demasiado sus tareas. ''Estúpido amor'' – ella no tenía estos problemas; no tenía tiempo ni ganas de salir con nadie.

 

Cada vez oía el ruido de pasos más cercano. Alguien la sujetó de la mano.

 

  • ¿ A dónde vas, mona? Ven aquí que te eche un vistazo – el que la retenía era un niñato de esos con mil colgantes y las ropas colgando... a eso lo llaman moda ahora.

 

 

 

  • ¡Ui, ui, ui! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Qué pivita más guapa!

 

Estaba empezando a perder la paciencia. Se soltó del brazo del chico y siguió andando. Pero eran insistentes; no sería facil librarse de ellos.

 

  • A ver, ¿qué queréis? ¿Dinero? Tomad mi cartera. ¿Sexo? Allí al lado hay un local ideal para vosotros. Mirad, incluso os puedo dar mi flauta, pero dejadme en paz, que estoy muy cansada y quiero llegar a mi casa.

  • ¡Mírala, qué chulita! Estas son las que te gustan a ti, Lobo.

 

Stella no pudo evitar soltar una carcajada.

 

  • ¿Es que te hace gracia mi nombre? - dijo el supuesto Lobo.

  • Lobo no es un nombre – dijo para sí misma.

  • Chicos – dijo un tercero -, esta zorrita quiere guerra. Vamos a darle lo que quiere.

 

El que había hablado se abalanzó sobre ella haciéndole una llave de judo. Ella tenía unas nociones básicas sobre la lucha cuerpo a cuerpo, pero de esa no podía escapar sin acabar magullada, así que se quedó quieta para recibir el menor daño posible.

 

Lobo se sentó encima de sus piernas y el otra la cogió por el pelo e hizo que lo mirara a los ojos.

 

  • ¡Que empiece la fiesta!

 

A continuación todo sucedió muy rápido: vio un brillo plateado delante de sus ojos, notó el frío de un objeto de metal en el cuello y, luego, un calor abrasador empezó a recorrerle el cuerpo desde la yugular.

 

  • No... por favor... - susurró.

 

Y se hizo el silencio en el callejón.

 

 

 

No fue hasta pasado un buen rato que se dio cuenta de que estaba echada sobre un banco. Se levantó con dificultad y se palpó el cuello. Esperaba que todo hubiese sido un sueño. No fue así; tenía una herida abierta en la garganta, pero ya no sangraba. Toda la situación le pareció muy extraña.

 

Se sentó de nuevo en el banco intentando descubrir lo que le había sucedido. Miró a su alrededor y vio que estaba en un bosque de castaños viejos y retorcidos. Nunca se fijaba mucho en el paisaje, lo encontraba una diversión absurda, pero tuvo que reconocer que el lugar era bonito.

 

Mientras pensaba en eso, unos extraños ruidos iban acercándose hacia ella. Notaba que alguien arrastraba los pies sobre las hojas secas, una voz sibilante y un ruido que no logró identificar.

 

Alguien se acercaba y no sabía qué hacer. Sentía que no debía estar allí, pero no recordaba el camino de vuelta, así que se quedó donde estaba.

 

Un grupo muy extraño se presentó delante de ella, pero parecían no verla; estaban discutiendo entre ellos.

 

  • No entiendo porqué debe ser él quien dirija el grupo, cuando estás tu, o incluso... - las palabras graves venían de un personaje oscuro al que no se le veía la cara.

  • ¿No me dirás que eres mejor que Charl? - le dijo con cariño pero con un ligero tono de sorna la mujer que iba a su lado.

 

El hombre oscuro calló, avergonzado.

 

  • Casandraaaa... ¡bip!, no os peleéis por tonteríaaaaaas... ¡bip!

  • Cállate, por favor, cielo. Hoy no me encuentro demasiado bien como para soportar tu 'bip bip' molesto – siguió la mujer con el mismo tono de antes.

  • ¡Es ella, madame! ¡La chica de la flauta! - la voz de esta era incluso más estridente que la de Charl.

  • ¿Paulette? No sabía que hubieras venido con nosotros – dijo Casandra.

 

La verdad es que Stella tampoco se había percatado de su presencia hasta que había hablado. Se fijó que había estado todo el tiempo escondida detrás del hombre llamado Charl. Esta se mantuvo en su posición mientras le lanzaba breves miradas al hombre de negro.

 

  • Pero, niña, ¿aún no te has acostumbrado a ver al Hombre? - recalcó la última palabra.

 

Paulette no pudo hacer más que esconderse detrás de Charl.

 

  • Casandraaaaa... ¡bip! La chica de la flautaaaaa... ¡bip!

 

La forma de hablar del hombre, alargando las vocales y repitiendo constantemente ese molesto 'bip' , le hizo sujetarse la cabeza con las dos manos.

Por lo que parecía, Casandra tampoco iba a soportarlo mucho más. Iba a gritarle a Charl que se callara pero, en vez de eso, se giró y miró a Stella directamente a los ojos.

 

  • Mi niña, por fin te hemos encontrado. Llevamos horas buscándote.

  • ¿A mí? - preguntó extrañada Stella.

  • Claro, ¿a quién, si no? - dijo la mujer -. Tenemos que darte un mensaje muy importante... Hombre, díselo.

  • A mí no se me ha transmitido ningún mensaje – miraba dubitativo a Casandra.

  • Charl, dale el mensaje.

  • Casandraaaa... ¡bip! No tengo ningún mensajeee... ¡bip!

 

Casandra miró a Paulette, suplicante.

 

  • Yo no sé nada, pero me pareció oír algo de unas señales...

  • ¡Eso es! ¡Las señales! Sigue las señales, niña – dijo mirándome -. Ellas te llevarán por el buen camino – parecía no saber de lo que hablaba, aun así lo dijo con un tono teatral.

  • Pero... ¿de qué habláis? ¿Qué señales?

 

Pero nadie la escuchaba. El grupo se alejó, ruidoso, tal como había venido.

 

Aquella situación y las voces de los personajes extraños le habían taladrado la cabeza como si fueran agujas. Se echó en el banco para ver si se le pasaba. Cerró los ojos.

 

 

 

 

 

  • No... por favor... - susurró.

 

Y se hizo el silencio en el callejón.

 

Abrió los ojos. Se encontraba en una pequeña estancia iluminada por la luz de una vela. Al fondo, a la derecha, había una mesa donde dos sujetos estaban jugando con un tablero. Se acercó a ellos con discreción y carraspeó levemente. Uno de ellos, el que estaba cerca de la pared, se removió inquieto.

 

  • Vamos, Muerte, no te hagas la despistada... La chica ha llegado.

  • ¿ Me estabais esperando? - preguntó Stella.

  • Evidentemente – respondió secamente la Muerte.

  • Chica, no seas tan maleducada. La niña está asustada... - dijo el otro sujeto, el de la pared.

  • Yo no estoy asust...

  • Hablarás cuando te toque – la interrumpió el mismo -. Estos jóvenes de hoy en día no tienen educación.

  • ¿Ahora quién está siendo maleducado, querido Tiempo? - dijo con sorna la Muerte. Y continuó – Mira que eres aguafiestas... Ahora que estaba a punto de ganar...

  • La chica, Muerte, la chica...

  • Está bien – dijo resignada -. A ver, tu eras Stella, ¿no?

 

Stella se quedó callada.

 

  • Buena chica – el Tiempo sonrió -. Ahora puedes hablar.

  • Sí – respondió decidida.

  • Aquí mi amigo el Tiempo se aburría jugando conmigo al parchís y me pidió que le distrajera. He pensado que quizás querrías ayudarme.

 

Stella guardó silencio de nuevo.

 

  • Responde – exclamó el Tiempo sin dejar de lucir una media sonrisa.

  • ¿Qué debo hacer? - se resignó. Veía que no quedaba otra salida que seguir con el juego.

- Debes volver justo después del concierto y evitar morir. Muy sencillo. Las señales te guiarán – explicó. Y, dirigiéndose al Tiempo - ¿Ya se ha encontrado con Casandra y los suyos? Es que el tema del paso del tiempo no es algo que domine mucho; yo sólo me limito a matar – apuntó.

  • Sí... y no – el Tiempo hablaba con una voz cansada. Parecía que había repetido mil veces -. Ella no lo recuerda, quédate sólo con eso.

  • Bien, bien... Entonces, ¿quieres volver o no?

  • Por supuesto – Stella estaba totalmente convencida.

 

El Tiempo cerró los ojos y, de repente, todo se volvió borroso. Un segundo después estaba en el callejón lateral del teatro. ¿Dónde estaría Mike, ese inútil que le hacía de niñera?

 

Escuchó unos pasos que se acercaban hacia ella.

 

  • ¿ A dónde vas, mona? Ven aquí que te eche un vistazo – el que la retenía era un niñato de esos con mil colgantes y las ropas colgando... a eso lo llaman moda ahora.

 

 

 

  • ¡Ui, ui, ui! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Qué pivita más guapa!

 

Estaba empezando a perder la paciencia. Se soltó del brazo del chico y siguió andando. Pero eran insistentes; no sería facil librarse de ellos.

 

  • A ver, ¿qué queréis? ¿Dinero? Tomad mi cartera. ¿Sexo? Allí al lado hay un local ideal para vosotros. Mirad, incluso os puedo dar mi flauta, pero dejadme en paz, que estoy muy cansada y quiero llegar a mi casa.

  • ¡Mírala, qué chulita! Estas son las que te gustan a ti, Lobo.

 

Stella no pudo evitar soltar una carcajada.

 

  • ¿Es que te hace gracia mi nombre? - dijo el supuesto Lobo.

  • Lobo no es un nombre – dijo para sí misma.

  • Chicos – dijo un tercero -, esta zorrita quiere guerra. Vamos a darle lo que quiere.

 

El que había hablado se abalanzó sobre ella haciéndole una llave de judo. Ella tenía unas nociones básicas sobre la lucha cuerpo a cuerpo, pero de esa no podía escapar sin acabar magullada, así que se quedó quieta para recibir el menor daño posible.

 

Lobo se sentó encima de sus piernas y el otra la cogió por el pelo e hizo que lo mirara a los ojos.

 

  • ¡Que empiece la fiesta!

 

A continuación todo sucedió muy rápido: vio un brillo plateado delante de sus ojos, notó el frío de un objeto de metal en el cuello y, luego, un calor abrasador empezó a recorrerle el cuerpo desde la yugular.

 

  • No... por favor... - susurró.

 

Y se hizo el silencio en el callejón.

 

 

 

En la salita oscura iluminada por una vela se oían dos voces.

 

-Pero... pero... ¿Qué ha pasado? - se lamentaba la Muerte.

 

Estaban viendo todo lo que sucedía en el callejón con un televisor de época.

 

  • Se me olvidó devolverle la memoria... otra vez... - suspiró el Tiempo.

  • Chico, necesitas tomar fósforo. Te iría bien.

  • Te toca tirar – dijo sin darle importancia al asunto.

 

 

 

Abrió los ojos. Estaba echada sobre un banco, en medio de un bosque de castaños. Un grupo de personas la observaba apenado.

 

  • Pobre niña – dijo la mujer con voz sibilante.

  • ¿Dónde estoy? - preguntó Stella.

  • Ven con nosotros, cariño. Te lo contaré por el camino.

 

Stella sentía que debía obedecer. Y lo hizo. Siguió a la mujer que iba acompañada de una gente muy extravagante.

 

 

 

Saudade

martes, 27 de abril del 2010 a las 19:28
guardado en

L'olor d'aire de la platja,

 
el botó d'una camisa rebregada,

 
tot em recorda a tu,

 
tot em recorda a

 
aquell estiu de mil nou-cents setanta-quatre,

 
l'any que et vaig conèixer,

 
l'any que et vaig perdre

 
enmig d'una tempesta de crits i males paraules,

 
paraules punyents que ferien el cor,

 
un cor malgastat de viure, de sobreviure.

 


I tot això ho recordo amb nostalgia,

 
no volent reviure mals moments, sinó

 
perquè aquests mals records em porten als bons;

 
l'aire fred i la sal a la boca,

 
mentre feiem l'amor entre els còdols

 
i la sorra de la platja.

 

 
Aquell estiu de mil nou-cents setanta-quatre,

 
l'any que et vaig conèixer,

 
és un punt fix en el meu petit univers,

 
ple d'amors dolorosos i tristeses dolces,

 
que recordo, que evoco eternament

 
mentre m'adormo suaumente sobre

 
la sorra de la platja.

Sonny

domingo, 31 de enero del 2010 a las 01:53
guardado en

Suavemente te deslizas a mi lado,

Obligada por mis dulces caricias.

Natural y sencilla y seductora,

Inocente te me acercas y susurras

Alabanzas que me llenan todo el alma.

Sobre el blog

Divagar sin molestar

En un principio este quería ser un blog sobre divagaciones, pero al final, como podéis ver, me decanté por escribir pequelos relatos y algún intento de poesía. Si buscáis divagaciones, la tenéis en mis otros dos blogs, sobre todo en Caminant sobre el llom d'una balena.

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Comentarios

Buenas noches, tesoro (Ataroth1616)
impresionante...(02 may)
Buenas noches, tesoro (luciaubeda)
buen relato de ti no esperaba menos besos...(01 may)
Tiempos extraños (Fantasy)
Que lindo es leer tus comentarios . Pero mejor saber que piensas bien lo que vas a decir, ......(02 nov)
Éxtasis (Fantasy)
Mira esto!!! No sabia que ambas compartiamos poemas con el mismo nombre . Si mal no recuerdo, vos ......(02 nov)
Seducción (Fantasy)
Jajaja, que nombre el que le diste a este escrito!!! Me encanto . Aunque reconozco que al principio ......(02 nov)

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